Desde hace un tiempo noto que la palabra "bipolar" está de moda. Esto me incomoda muchisimo, depués de los 35 años toda palabra nueva es un recordatorio del paso del tiempo y la comprobación de que las palabras ahora las inventan otros. Viejos académicos o chicos que van a la escuela se empeñan en estropear el lenguaje, en hacerme buscar en google términos estúpidos. Estoy convirtiendome en Juan Estrasnoy. La palabra "bipolar", sin embargo, me irrita más que las otras, quizá porque en los últimos días la escuche en una conversación que intentaba justificar la conducta de un imbécil. -Es bipolar, por eso a la mañana te saluda cordialmente y a la tarde te amenaza con un cuchillo mientras se pellizca un huevo y grita "viva Perón". Esos tarados, con los que uno tuvo que lidiar toda la vida, aguantando las ganas de mandarlos a la mierda, son bipolares. No son unos retardados, subnormales, onanistas profesionales; son bipolares. Voy a firmar este artículo con mi seudónimo, por las dudas.
Los paganos admitían la existencia de divinidades toscas, imperfectas, chapuceras. Los dioses no sólo estaban sujetos a toda clase de vaivenes éticos sino que también cometían numerosos errores en el ejercicio de su profesión: creaban universos endebles, se dejaban engañar por los humanos, desconocían el futuro, fallaban en sus cálculos. Las grandes religiones monoteístas acuñaron la idea de la infalibilidad divina, de un poder sin grietas. Sin embargo, la historia de la arena comienza con una distracción de un Dios omnipotente.
Las tradiciones islámicas dicen que, habiendo finalizado la creación, el Señor advirtió que faltaba la arena. Grave defecto, si bien se mira. Los hombres estarían privados de la deliciosa voluptuosidad que sienten al caminar junto a los mares. El fondo de los ríos sería siempre rispido, los arquitectos carecerían de un material indispensable, los caminos no podrían suavizarse, las huellas de los enamorados serían invisibles.
Dispuesto a remediar su olvido, Dios envió al arcángel Gabriel con una enorme bolsa de arena a que la desparramara allí donde fuera necesario.
Pero el Enemigo trabaja siempre para estropear la obra divina.
Mientras Gabriel volaba con su carga inconcebible, el diablo le agujereó la bolsa. Esto sucedió exactamente sobre la región que hoy es Arabia. Casi toda la arena se volcó en ese lugar, de modo tal que las nueve décimas partes del país quedaron convertidas para siempre en un desierto.
Advertido de esta catástrofe, Dios resolvió ofrecer a los árabes algunos dones compensatorios.
Les dio un cielo lleno de estrellas como no hay otro, para que miraran siempre hacia lo alto. Les dio el turbante, que bajo el sol del desierto es mucho más valioso que una corona. Les dio la tienda, que es mejor que un palacio. Les dio la espada. Les dio el camello. Les dio el caballo. Y les dio algo más precioso que todas las otras cosas juntas: la palabra, el oro de los árabes.
Otros pueblos modelan en la piedra o los metales. Los árabes modelan en el verbo. El poeta (el chair) es sacerdote, juez, médico, jefe. El poeta es poderoso: puede traer alegría, tristeza, encono. Puede desencadenar la venganza y la guerra. Puede matar con la palabra.
Los errores de Dios, como los de los grandes artistas, como los de los verdaderos enamorados, desencadenan tantas reparaciones felices que cabe desearlos.
Por casualidad me encontré con poemas del primer libro de Alfonsina Storni, La Inquietud del Rosal, publicado en 1916. Intrigado, me senté a leerlos. Uno de ellos, era este:
"Yo soy como la loba. Quebré con el rebaño Y me fui a la montaña Fatigada del llano.
Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley, que yo no pude ser como las otras, casta de buey con yugo al cuello; libre se eleve mi cabeza Yo quiero con mis manos apartar la maleza.
Mirad cómo se rien y cómo me señalan porque lo digo así: (Las ovejitas balan porque ven que una loba ha entrado en el corral y saben que las lobas vienen del matorral).
(...)
Yo soy como la loba. Ando sola y me río del rebaño. El sustento me lo gano y es mío donde quiera que sea, que yo tengo una mano que sabe trabajar y un cerebro que es sano.
La que pueda seguirme que se venga conmigo, pero yo estoy de pie, de frente al enemigo, la vida, y no temo su arrebato fatal porque tengo en el mano siempre pronto un puñal."
Principios del siglo XX, mujer, casi adolescente, madre soltera (hijo de padre desconocido). No existía en absoluto ninguna posibilidad de que bajo esas circunstancias alguien se animara a escribir algo como "yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley". Pero siempre hay uno entre millones que se anima para que todo siga en movimiento.
Problemas relacionados con la canción "Feliz cumpleaños"
Este es un tema que siempre estuvo en mi cabeza y que varias veces hablé con amigos, familiares y algún que otro psicólogo. Los padres eligen el nombre de sus hijos de forma caprichosa y egoísta, esto lo sabemos todos; te tocó Toribio porque tu abuelo se llamaba así o te pusieron Alfonso porque tu abuela se acostaba con el Rey y tuvo un hijo bastardo hace muchos años, quién sabe; los padres son seres terribles que nos contagian miedos y nos proveen de cosas que no necesitamos, como nombres estúpidos. A pesar de esta forma aparentemente caótica y desvergonzada de nominar a la gente, que engrosa los legajos del registro civil ( y no hablemos del Uruguay con sus Washingtons y Nelsons), algunos papis y mamis tienen algo de consideración y evitan ponerle a sus hijos nombres ridículos que los estigmaticen y perjudiquen durante décadas.
Ejemplo: Papi: Que te parece si a la nena le ponemos de nombre "Salmonella" Mami(contrariada): No, que seguro que en el colegio la van a cargar con ese nombre, mejor le ponemos "Yasmine", y a lo sumo le dirán que tiene nombre de puta.
A pesar de todas estas previsiones, un asunto que siempre se pasa por alto es la elección de un nombre cuya cantidad de sílabas convengan a la canción "Feliz cumpleaños", y me refiero a la versión argentina, en la que hay que decir el nombre del agasajado. Voy a explicar por qué.
Tomemos un ejemplo práctico y fácil. Tenemos un niño llamado José, un nombre común de dos silabas, cuyo diminutivo es Josecito, que tiene 4 sílabas. Imaginen a este pobre desgraciado el día de su cumpleaños número 9; toda la familia está reunida, los abuelos, los tíos, los padrinos y todos sus amiguitos del cole, ¡qué lindo!. Está la torta con las velitas encendidas que se reflejan en los ojos tiernos del muchachito ilusionado, y todos empiezan a cantar: "Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas Joo..." ¿Qué va a suceder ahora?. Lo inevitable, la mitad de la concurrencia va a cantar Jooseeeeee, alargando inútilmente la segunda sílaba para que coincida con la métrica y el compás de la canción. La otra parte de los invitados recurrirá al diminutivo y cantará "Joseeciitoo", estropeando aun más esta triste canción de mierda; y entonces el caos; el nene ve como su pequeño universo construido con los retazos de los primeros recuerdos y aventuras, queda destrozado en la maraña de las convenciones de los adultos. ¿ Cómo puede ser que no tenga un nombre que se pueda cantar en mi cumple? se pregunta el imberbe. Así empezará el borrego a dudar de la existencia de Dios y pronto se volverá comunista o trolo.
Yo recomiendo a los papis la elección de un nombre de 3 sílabas, como Rodolfo, Rodrigo o Rolando.