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sábado, 28 de enero de 2012

   Arena

Los paganos admitían la existencia de divinidades toscas, imperfectas, chapuceras. Los dioses no sólo estaban sujetos a toda clase de vaivenes éticos sino que también cometían numerosos errores en el ejercicio de su profesión: creaban universos endebles, se dejaban engañar por los humanos, desconocían el futuro, fallaban en sus cálculos. Las grandes religiones monoteístas acuñaron la idea de la infalibilidad divina, de un poder sin grietas. Sin embargo, la historia de la arena comienza con una distracción de un Dios omnipotente.

Las tradiciones islámicas dicen que, habiendo finalizado la creación, el Señor advirtió que faltaba la arena. Grave defecto, si bien se mira. Los hombres estarían privados de la deliciosa voluptuosidad que sienten al caminar junto a los mares. El fondo de los ríos sería siempre rispido, los arquitectos carecerían de un material indispensable, los caminos no podrían suavizarse, las huellas de los enamorados serían invisibles.

Dispuesto a remediar su olvido, Dios envió al arcángel Gabriel con una enorme bolsa de arena a que la desparramara allí donde fuera necesario.

Pero el Enemigo trabaja siempre para estropear la obra divina.

Mientras Gabriel volaba con su carga inconcebible, el diablo le agujereó la bolsa. Esto sucedió exactamente sobre la región que hoy es Arabia. Casi toda la arena se volcó en ese lugar, de modo tal que las nueve décimas partes del país quedaron convertidas para siempre en un desierto.

Advertido de esta catástrofe, Dios resolvió ofrecer a los árabes algunos dones compensatorios.

Les dio un cielo lleno de estrellas como no hay otro, para que miraran siempre hacia lo alto.
Les dio el turbante, que bajo el sol del desierto es mucho más valioso que una corona.
Les dio la tienda, que es mejor que un palacio.
Les dio la espada. Les dio el camello. Les dio el caballo.
Y les dio algo más precioso que todas las otras cosas juntas: la palabra, el oro de los árabes.

Otros pueblos modelan en la piedra o los metales. Los árabes modelan en el verbo.
El poeta (el chair) es sacerdote, juez, médico, jefe. El poeta es poderoso: puede traer alegría, tristeza, encono. Puede desencadenar la venganza y la guerra. Puede matar con la palabra.


Los errores de Dios, como los de los grandes artistas, como los de los verdaderos enamorados, desencadenan tantas reparaciones felices que cabe desearlos.





"Arenas" de Alejandro Dolina

PUBLICADO POR Chester J. Lampwick | 17:53 | 4 comentarios

miércoles, 25 de enero de 2012

   Alfonsina y el mar

Por casualidad me encontré con poemas del primer libro de Alfonsina Storni, La Inquietud del Rosal, publicado en 1916. Intrigado, me senté a leerlos. Uno de ellos, era este:

"Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
que yo no pude ser como las otras, casta de buey
con yugo al cuello; libre se eleve mi cabeza
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se rien y cómo me señalan
porque lo digo así: (Las ovejitas balan
porque ven que una loba ha entrado en el corral
y saben que las lobas vienen del matorral).

(...)

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
donde quiera que sea, que yo tengo una mano
que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo,
pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
la vida, y no temo su arrebato fatal
porque tengo en el mano siempre pronto un puñal."

Principios del siglo XX, mujer, casi adolescente, madre soltera (hijo de padre desconocido). No existía en absoluto ninguna posibilidad de que bajo esas circunstancias alguien se animara a escribir algo como "yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley". Pero siempre hay uno entre millones que se anima para que todo siga en movimiento.

PUBLICADO POR Mr. Verloc | 11:03 | 11 comentarios